Uno de los terremotos más importantes registrados en la historia venezolana ocurrió el 21 de octubre de 1766, alrededor de las 4:30 hrs. Este evento tuvo epicentro en la región nororiental de Venezuela y su magnitud ha sido estimada por diversos autores en un rango entre 7-8. Los valores de magnitud asignados y las probables ubicaciones epicentrales se muestran a continuación (Leal Guzmán, 2018):
Los efectos de este sismo se han documentado en unas 70 poblaciones ubicadas en Venezuela, Trinidad, Colombia, Guyana, Guyana Francesa, Grenada, San Vicente y Curazao; registrándose las intensidades más altas (VIII-IX) en el nororiente venezolano y en Trinidad (Mocquet, 2007). Audemard (1999) describe este evento como “uno de los más importantes de la historia sísmica de Venezuela y probablemente el más extensamente sentido, abarcando alrededor de 4 millones de kilómetros cuadrados, que cubren la casi totalidad del territorio nacional”.
El terremoto de 1766 en la ciudad de Caracas
Durante el siglo XVIII, Caracas experimentó un momento de crecimiento y esplendor urbano, a lo largo de este periodo las condiciones de la ciudad mejoraron considerablemente. Joseph Louis de Cisneros quien la visitó en plena epidemia de viruelas de 1764, tan a sólo dos años del sismo de 1766, la describió como una ciudad “bastantemente grande” y próspera. Por una parte, el crecimiento económico actuó como catalizador de la evolución urbana y demográfica de la ciudad. Por la otra, según lo ha establecido Salazar Bravo (2012), propició el crecimiento desordenado de la periferia caraqueña, de su morfología y de sus funciones urbanas, prestando a la ciudad una dinámica excepcionalmente compleja y vibrante que se opone a la persistente y paradigmática imagen de una ciudad lánguida y conventual.
Para mediados del siglo XVIII, los principales edificios de la ciudad estaban construidos, las calles habían sido nuevamente empedradas y las acequias estaban siendo refaccionadas. La infraestructura y el equipamiento urbano se vieron enriquecidos con la construcción de puentes, jardines y alamedas como el de La Trinidad (1787). Así mismo se erigen importantes edificios como el Asilo de la Misericordia (1789); la Casa del Real Amparo (1792) y el Cuartel San Carlos (1792). Esta época constituyó el cenit de diversas profesiones y oficios relacionados a la construcción y adorno de los edificios: arquitectos, ingenieros, alarifes, carpinteros y herreros. En consecuencia, para el momento en que ocurre el sismo de 1766, existían en Caracas agentes urbanos capacitados para realizar el peritaje de los daños y las reparaciones necesarias de manera más o menos ilustrada y competente. Caracas dejó de ser el villorrio de edificios “de paja y maderas embarradas” que describiesen el gobernador Pimentel y el obispo Martínez de Manzanillo a finales del siglo XVI, para convertirse en una ciudad de casas hermosas y acomodadas, ornamentadas con detalles inspirados en el Barroco europeo. Pese a todo, la distinguida apariencia de los edificios dieciochescos ocultaba muchas veces vicios de construcción que comprometían la estabilidad y la resistencia sísmica que aquellos pudiesen tener: casas primorosamente encaladas pero faltas de un mantenimiento adecuado, paredes silenciosamente desplomadas, azoteas y cornisas bien aderezadas pero de un peso excesivo, maderajes y preciosos techos de par y nudillo debilitados por la acción soterrada del comején. Todos estos defectos mayores y menores, ocultos en la plácida Caracas de los techos rojos saldrían súbitamente a la luz por la acción del terremoto del 21 de octubre de 1766.
Esa madrugada, los vecinos despertaron (naturalmente) aterrorizados debido a la fuerza y duración de la sacudida pero, para su sorpresa, se encontraron con que las construcciones caraqueñas: viejas, frágiles y mal conservadas resistieron graciosamente el remezón, registrándose solo daños moderados en templos y conventos. Huelga decir que estos edificios, los más grandes y complejos de la Caracas colonial, eran las primeras víctimas de los terremotos.
En este caso, las construcciones más afectadas fueron la Catedral y los conventos de Nuestra Señora de la Merced y de San Jacinto, cuyas torres resultaron quebrantadas y agrietadas por el sismo. Estos últimos fueron reconocidos por el Conde Miguel de Roncali, Ingeniero de los Reales Ejércitos y Comandante Militar de la Plaza de La Guaira. Roncali dictaminó que no era indispensable derribar la torre del convento de la Merced sino que bastaba con “sostenerla con tres abrazaderas, dejando todo lo demás en el estado en que se hallaba, a excepción de las aberturas y grietas que debían cerrarse y acuñarse” y que, en el caso del convento de San Jacinto, “solo era preciso acuñar las claves, con lo cual quedaba asegurada la construcción”.
Al mismo tiempo y, a instancias del gobernador don José Solano y Bote, se organizó una comisión para evaluar los daños en los siguientes edificios: la Iglesia Catedral, el Convento de San Jacinto, el de Nuestra Señora de la Merced, el de San Francisco, el de las Monjas Concepciones y el de las Carmelitas; y las iglesias de San Pablo, Altagracia, Candelaria, Santa Rosalía, San Lázaro, La Pastora y La Santísima Trinidad291. Dicha comisión estaba dirigida por el padre coadjutor del Colegio de los Jesuitas, el arquitecto alemán Miguel Schlessinger y conformada por los maestros albañiles José Leonardo Mañer, Leandro Fuenmayor, Nicolás de Ponte y Juan Domingo del Sacramento y el maestro mayor de carpintería Santiago de Rojas.
Habiendo realizado el peritaje requerido se informó al gobernador que la torre de la Catedral estaba quebrantada, presentando grandes grietas en toda su longitud y que era necesario remover el tercer cuerpo. El convento de San Francisco presentó algunas grietas de “poco cuidado” en el arco toral y se derrumbaron dos celdas en el claustro. En el convento de las Carmelitas Descalzas se resistieron los techos que ya se encontraban previamente deteriorados, en tanto que el de la Inmaculada Concepción sufrió desperfectos menores. La iglesia de Altagracia, que antes del sismo se hallaba en mal estado, sufrió el desplomo de dos arcos que debían acuñarse.
Las iglesias de la Candelaria, Santa Rosalía y La Pastora, apenas presentaron pocas grietas sin importancia. En cuanto a los templos de San Pablo, San Lázaro y la Santísima Trinidad, la comisión encontró que no habían sido gravemente perjudicados y que sólo era menester derribar unas pocas paredes, reponer maderas, tapar grietas y aplomar algunos estribos. La distribución y calificación de los daños ocasionados en los mencionados edificios puede observarse en el plano siguiente:
Siguiendo las descripciones históricas, observamos que no se registró ningún caso de daños graves o destrucción total o parcial de algún edificio. Las casas, por ejemplo, no sufrieron “ni aún una picadura”. Por otra parte, los miembros de la comisión consideraron que los destrozos en los edificios religiosos podían ser reparados sin demasiada dificultad, siempre que se tuviese en cuenta la advertencia del padre Schlessinger de confiarle las reparaciones “…a maestro bien experimentado, para que se practiquen con las reglas y perfección que requieren”.
A diferencia de los devastadores efectos de los sismos de 1641 y 1812, el evento de 1766 no tuvo repercusiones significativas en el espacio urbano de Caracas y sus efectos fueron rápidamente subsanados. Las huellas de este sismo perduraron en la cultura y en el arte, más no en la morfología. A pesar de los desperfectos ocasionados por el sismo de 1766, el contexto cultural y económico de Caracas continúo evolucionando substancialmente durante
El siglo XVIII. Más aún, hacia finales de este periodo, se experimentó una mejoría en lo que respecta a las calidades constructivas, así como un crecimiento del equipamiento urbano. Tales circunstancias derivaron de la actuación sostenida, en un lapso comprendido entre 1780 y 1811, de los ingenieros españoles y de los diferentes maestros de las artes constructivas. Sin embargo, el terremoto de 1812 y la guerra de independencia paralizarían casi por completo el ejercicio de estos profesionales, sumiendo a Caracas en un largo letargo urbano.
Siguiendo las descripciones históricas, observamos que no se registró ningún caso de daños graves o destrucción total o parcial de algún edificio. Las casas, por ejemplo, no sufrieron “ni aún una picadura”. Por otra parte, los miembros de la comisión consideraron que los destrozos en los edificios religiosos podían ser reparados sin demasiada dificultad, siempre que se tuviese en cuenta la advertencia del padre Schlessinger de confiarle las reparaciones “…a maestro bien experimentado, para que se practiquen con las reglas y perfección que requieren”.
A diferencia de los devastadores efectos de los sismos de 1641 y 1812, el evento de 1766 no tuvo repercusiones significativas en el espacio urbano de Caracas y sus efectos fueron rápidamente subsanados. Las huellas de este sismo perduraron en la cultura y en el arte, más no en la morfología. A pesar de los desperfectos ocasionados por el sismo de 1766, el contexto cultural y económico de Caracas continúo evolucionando substancialmente durante
El siglo XVIII. Más aún, hacia finales de este periodo, se experimentó una mejoría en lo que respecta a las calidades constructivas, así como un crecimiento del equipamiento urbano. Tales circunstancias derivaron de la actuación sostenida, en un lapso comprendido entre 1780 y 1811, de los ingenieros españoles y de los diferentes maestros de las artes constructivas. Sin embargo, el terremoto de 1812 y la guerra de independencia paralizarían casi por completo el ejercicio de estos profesionales, sumiendo a Caracas en un largo letargo urbano.
Referencias
Audemard, F. (1999) “Nueva percepción de la sismicidad histórica del segmento en tierra de la falla de El Pilar, Venezuela nororiental, a partir de primeros resultados paleosísmicos”, en: Memorias del IV Congreso Venezolano de Geología e Ingeniería Sísmica. Mérida: Universidad de los Andes.
CERESIS, (1985) “Catálogo de terremotos para América del Sur. Datos de hipocentros e intensidades. Venezuela”, Vol. 8, Centro Regional de Sismología para América del Sur, Lima, Perú
Fiedler, G., (1961) “Áreas afectadas por terremotos en Venezuela”, Memorias del III Congreso Geológico Venezolano, Vol. 4, pp. 1791-1810, Venezuela.
Grases, J. (1990) Terremotos destructores del Caribe. 1502-1990. Montevideo: Unesco/Relacis.
Grases, J., Rodríguez, J. A. (2001). Estimaciones de magnitud de sismos venezolanos a partir de mapas de isosistas. II Congreso Venezolano de Ingeniería Sísmica, CD, Mérida, Venezuela.
Hernández, J. (2009) “Revisión de la sismicidad y modelo sismogénico para actualización de las evaluaciones de amenaza sísmica en la región Norcentral de Venezuela”. En: Memorias del IX Congreso Venezolano de Sismología e Ingeniería Sísmica. Caracas, 29 de mayo, 2009.
Mocquet, A. (2007) “Analysis and interpretation of the October 21, 1766 earthquake in the Southeastern Caribbean”. Journal of Seismology, vol. 11, n° 4: 381-403.
Leal Guzmán, A. (2018) Contra temblores. Lecciones urbanas del sismo de San Narciso del 29 de octubre de 1900, en la ciudad de Caracas. Tesis Doctoral, Universidad Central de Venezuela, Caracas.
Salazar Bravo, R. (2012) Caracas, 1753-1810. Morfología y funciones urbanas desde la cotidianidad. Tesis Doctoral, Universidad Central de Venezuela, Caracas





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